🇨🇿 Praga, el alma de Bohemia
- Núria Carballo

- 17 nov 2025
- 11 Min. de lectura

Hay ciudades que destacan por su encanto singular.
Praga es una de ellas: Una ciudad de encanto único donde deslizarse entre lugares que parecen observarte mientras caminas. Su inefable belleza no busca ser descubierta, sino comprendida. Es una belleza sempiterna, de esas que sobreviven al tiempo y a la memoria.
El Moldava fluye con la cadencia de un viejo pensamiento, los tranvías rojos avanzan como recuerdos, y las fachadas góticas parecen hablar en idiomas olvidados. El aire es frío aquí, pero luminoso; la niebla, más que ocultar, parece proteger la ciudad de la prisa moderna.
Caminar por Praga en invierno es adentrarse en un arrebol de piedra, envuelto en la sinfonía melancólica de los violonchelos. Todo respira una calma serendípica, como si cada paso hallara su propio destino. Entonces comprendes que Praga no es solo un lugar para fotografiar, sino un destino donde el eco de la cultura y la tradición centroeuropea resuena en cada rincón, para ser recordado más tarde con una sonrisa leve y una pizca de nostalgia.
✈️ Cómo llegar a Praga
Yo vuelo a Praga desde Barcelona, pero el aeropuerto Václav Havel es uno de los más importantes de Europa Central, con conexiones directas desde muchas ciudades. Llegar es fácil y cómodo, tanto si viajas desde España como desde cualquier otro lugar. En mi caso, el trayecto con Vueling es directo y rápido, y en poco más de dos horas paso del Mediterráneo al corazón de Bohemia, lista para empezar una nueva aventura.
☕ Mi primer café en Praga
Mi primera parada en cualquier ciudad siempre tiene aroma a café recién molido. Nada marca mejor el inicio de un viaje que esa pausa matutina, cuando el mundo parece aún medio dormido.
Elijo siempre un lugar con historia —esta vez, el Café Louvre, abierto desde 1902, donde Kafka y Einstein compartieron mesas de madera y silencios fecundos. Las lámparas de art nouveau bañan la sala en una luz dorada, mientras los camareros, de impecable delantal, se deslizan entre mesas de mármol y columnas elegantes. Todo aquí se mueve con una cadencia antigua, casi melancólica. El café llega intenso, coronado por una espuma que parece una pequeña nube, y su aroma cálido envuelve el momento. Pienso que, en lugares así, la belleza se sirve en taza pequeña, humeante, serena y... ¡Desde luego exquisita!

Cuando salgo, las calles ya comienzan a desperezarse. El tranvía rojo 22 cruza el río Vltava y, por un instante, todo parece perfecto: el sonido metálico sobre las vías, el reflejo del sol invernal en los tejados, y el aroma dulce de los primeros Trdelník, que empiezan a girar sobre el fuego y se extiende allá donde vayas.
🏰 Los barrios y el alma cultural de Praga
Praga se descubre caminando, paso a paso, sin itinerarios rígidos. La ciudad se abre como un libro antiguo: cada página, un barrio; cada esquina, una historia. Se descifra en movimiento. Cada barrio parece una emoción distinta, y juntos forman una sinfonía que solo cobra sentido cuando la vives sin mapa. Y si quieres explorar aún más, los tranvías te permiten recorrer la ciudad cómodamente.
Empiezo mi recorrido en Staré Město, la Ciudad Vieja. Praga late aquí, en esta plaza que ha visto pasar siglos sin perder su misticismo. El aire vibra con una energía que no se explica: es el corazón gótico.
El Reloj Astronómico, eterna joya del tiempo, sigue marcando las horas con esa coreografía medieval desde 1410, y reúne siempre a un pequeño coro de curiosos admirando su danza mecánica que, no sorprende por compleja, sino por perenne: es el tiempo convertido en rito. Mientras los músicos callejeros afinan sus violines bajo la neblina matutina, uno siente que cada nota es un fragmento del alma de Praga.
Levanto la vista hacia las torres góticas de la Iglesia de Nuestra Señora de Týn, asimétricas y majestuosas, símbolo de equilibrio y contraste. Cuando el sol invernal roza sus pináculos, la piedra se tiñe de arrebol y todo parece una pintura viva. Justo enfrente, en la azotea del Hotel U Prince, se encuentra uno de los miradores más mágicos de la ciudad: el Bar U Prince. Es un lugar privilegiado, con el reloj marcando las horas bajo tus pies y las torres recortadas contra el cielo naciente, es un ritual casi litúrgico. Para mí visitarlo a cualquier hora es un básico imprescinble.
El Moldava despierta a lo lejos, la ciudad se va iluminando poco a poco y sigo caminando, mientras violinistas afinan sus notas, los comerciantes abren sus puestos y el cielo, entre rosa y azul, se refleja en los adoquines llenos de historia.
Me detengo en la Biblioteca Municipal de Praga, donde la instalación “Idiom” del artista Matej Krén crea una torre infinita de libros. Mirar en su interior produce vértigo y fascinación a la vez: los lomos de miles de volúmenes se reflejan al infinito, recordándote que la cultura en Praga no termina nunca. Es un lugar que uno visita con la mente, no solo con los ojos.

A apenas 5 minutos a pie encuentro la Torre de la Pólvora, una de las trece puertas originales de la ciudad medieval. Desde su terraza, la vista panorámica es arrebatadora: los tejados, las torres, el trazado irregular de una ciudad que ha sabido mantener su alma sin congelarse en el pasado. A su alrededor, el bullicio de tiendas y cafés devuelve al presente.
Praga tiene una identidad musical profunda, casi espiritual. Basta pasear por el Rudolfinum, sede de la Czech Philharmonic Orchestra, para sentir la historia de una nación que hizo del arte su refugio. Las notas de Dvořák o Smetana parecen flotar sobre el Moldava como un eco, recordando que en Bohemia la belleza siempre tuvo forma de melodía.
Desde la plaza, avanzo por las callejuelas que conducen al Puente de Carlos, el corazón simbólico de Praga. Cruzar sus treinta estatuas barrocas envueltas en niebla es como caminar por un sueño. A un lado, la isla de Kampa se asoma con sus casas de colores y su parque silencioso; al otro, la ciudad parece reflejarse en sí misma.

Cruzar el Puente de Carlos es recorrer dos ciudades distintas en un solo día. A la luz de la mañana, parece sacado de un cuento de Andersen: el murmullo del agua con sus bonitos cisnes, las gaviotas revoloteando, los artistas que comienzan a montar sus caballetes, el sonido metálico de una moneda cayendo en una caja de violín. Todo tiene un aire de fábula, luminoso, casi infantil...Pero al caer la noche, el mismo puente se transforma. La niebla asciende lentamente desde el río, las farolas se encienden, y las estatuas adquieren una vida distinta: parecen vigilar, acechantes entre sombras. De día, Praga pertenece a los soñadores; de noche, a los melancólicos. El Puente de Carlos se convierte entonces en un escenario de Tim Burton, misterioso y sublime, donde la belleza deja de ser amable para volverse arcana, eléctrica e irresistiblemente gótica. Dicho esto, imprescindible tomar foto en este puente al amanecer y tambien de noche...¡Te prometo que serán tus imágenes favoritas!

Es en ese contraste —entre el cuento y la penumbra— donde se revela la verdadera esencia de la ciudad: su capacidad de mostrarse de muchas formas a la vez.

Muy cerca del puente se encuentra uno de los lugares más singulares: el Muro de John Lennon. Nació en los años 80, cuando la juventud checa pintaba frases de paz y libertad en plena época comunista. Cada día cambia —nuevos mensajes, nuevas capas— y eso lo convierte en un símbolo vivo. No es solo arte callejero: es memoria colectiva. Detenerse allí un minuto y escuchar la música de algún guitarrista local es casi un acto de gratitud.
A pocos metros, una calle se ha convertido en curiosidad internacional: la Calle más estrecha de Praga, conocida como Vinarna Certovka. Tiene apenas 50 centímetros de ancho y un semáforo para controlar el paso de peatones en cada extremo. No lleva a ningún monumento, solo a una pequeña terraza junto al río, pero eso es precisamente lo que la hace mágica: un recordatorio de que en Praga incluso lo pequeño tiene su encanto.
Cruzar el puente hacia Malá Strana es como entrar en otra Praga. Más íntima, más elegante, más aristocrática.
Las fachadas barrocas lucen descascaradas con elegancia, los balcones cubiertos de hiedra y las calles empedradas hablan de siglos de paciencia.
En el centro se eleva la Iglesia de San Nicolás, una obra maestra del barroco europeo. Su cúpula verde, sus mármoles y la luz dorada que se filtra desde lo alto hacen que el interior deslumbre. Cuando el órgano suena, el aire vibra con solemnidad. Sus frescos, arrebolados por el sol del mediodía, son un recordatorio de que la fe y el arte en Bohemia siempre caminaron juntos.

Más arriba, el Castillo de Praga domina la ciudad con su serenidad inquebrantable. Dentro, la Catedral de San Vito se alza como una plegaria petrificada: vitrales que encienden el aire, columnas que se pierden en el cielo. Cada rayo de luz que entra parece una bendición lumínica, un instante suspendido entre lo terrenal y lo eterno. Desde los miradores, el Moldava serpentea, las torres se multiplican y la ciudad se revela en su geometría más pura: perfecta en su desorden.
Pero la verdadera Praga, la que se vive sin guías, está en sus callejones, en sus cafés antiguos y en ese aire intelectual que nunca desaparece.
En el Barrio Judío (Josefov), las sinagogas y el viejo cementerio dialogan con el silencio. Las lápidas torcidas y el musgo que las cubre parecen escribir una historia que no se acaba nunca. Y al salir, uno se descubre hablando más bajo, como si la ciudad pidiera respeto.
El recorrido continúa hacia Nové Město, la Ciudad Nueva, donde el arte modernista florece entre librerías, fachadas de estilo Secesión y cafés donde el tiempo simplemente no ha pasado. Allí, la Casa Danzante parece moverse de verdad —un guiño arquitectónico que recuerda que Praga también sabe reírse de su propia solemnidad.
Y en medio de todo, el Clementinum, con su biblioteca barroca, sus globos terráqueos y su olor a madera antigua, te deja sin palabras. Hay lugares donde el silencio no pesa, se eleva; este es uno de ellos.

Praga es un palimpsesto: sobre cada época se escribe otra, y aun así, nada desaparece.
Todo convive, como las notas de un violín en el aire frío, como el reflejo del Moldava.
Al caer la tarde, el Teatro Nacional resplandece. Sus dorados reflejan el fuego del ocaso, y dentro, las lámparas de cristal iluminan una de las salas de ópera más bellas de Europa. Aquí la música no es espectáculo: es identidad. Y lo mejor, quizá, es saber que puedes asistir a una función por menos de diez euros, recordando que el arte, en Praga, sigue siendo un bien común. Ver una función en el Teatro Nacional es uno de esos privilegios que parecen pertenecer a otra época: lámparas de cristal, terciopelos rojos, columnas doradas y una acústica que te envuelve por completo. Pero hay algo aún más emocionante: asistir a una ópera en el Estates Theatre, ese escenario donde Mozart estrenó Don Giovanni en 1787. Sentarte allí, entre las molduras turquesa y los frescos antiguos, mientras suena la obertura, produce una emoción que roza lo indecible. Es como si la ciudad entera se inclinara un poco, reverente, ante la eternidad de la música.
Y fuera de los grandes teatros, la música continúa. En iglesias barrocas, en pequeños auditorios, en las calles donde el eco de un violonchelo se mezcla con el de los pasos sobre la piedra húmeda. La cultura musical de Praga no pertenece solo a los escenarios, sino al aire mismo: cada esquina tiene su melodía, cada amanecer su preludio. El invierno, aquí, no es silencio. Es un allegro lento, una composición hecha de luces bajas, sonidos lejanos y una calma que abraza.
Termino la jornada en Náplavka, el paseo fluvial donde la modernidad y la tradición se dan la mano. Antiguos muelles convertidos en cafés, terrazas flotantes, música de jazz, vino caliente y conversación pausada. El río, una vez más, como testigo de todo. Hay algo en esa combinación de luces reflejadas y aire frío que te deja suspendido entre la nostalgia y la felicidad. Praga, al anochecer, no se despide. Solo baja la voz. Y tú, inevitablemente, te quedas escuchando.

🍷 Sabores de Praga y pequeñas indulgencias
Aquí todo parece encontrarte justo cuando lo necesitas: un aroma, una sopa caliente, un dulce que reconcilia el alma con el invierno. En esta ciudad, comer bien es casi una ley natural.
A diferencia de otros destinos turísticos, Praga conserva un respeto genuino por la tradición. Los restaurantes no exhiben lujo: lo encarnan en la honestidad de cada plato. El aroma del pan recién horneado, el sonido del vino al servirse, la calidez de una sopa de patata en vajilla de loza... todo tiene una sencillez inefable.
Y luego está el dulce que parece inventado para reconciliar cualquier día gris: el Trdelník. Su aroma inunda las calles como una promesa. Canela, azúcar, mantequilla, vainilla… cada giro sobre el fuego lo dora un poco más hasta volverlo irresistible. Los sirven rellenos de helado o de crema, pero yo los prefiero con chocolate, nata y fresas, con el crujido perfecto y ese sabor que recuerda a la infancia. Los mejores, sin duda, en el Good Food Coffee & Bakery, junto al Puente de Carlos: donde cada bocado te invita a una sonrisa.
Praga también es una ciudad para cenar mirando el agua. Encontrarás diversas empresas que realizan un crucero nocturno por el Moldava, con el reflejo dorado de los puentes y la música flotando entre los canales, es una experiencia difícil de describir.
🍽️ Dónde comer en Praga
Praga brilla también por su gastronomía. Entre las tabernas históricas y los restaurantes de autor, la ciudad ofrece una paleta exquisita para el viajero gourmet.
🍷 Mlýnec Restaurant – Junto al Puente de Carlos Alta cocina checa con inspiración contemporánea. Su terraza tiene una de las vistas más bellas del Moldava: el agua corriendo bajo los arcos y el reflejo dorado del puente al atardecer. Su cocina combina tradición checa con refinamiento contemporáneo —el svíčková con crema y arándanos o el duck confit con col caramelizada son insuperables. Y cuando cae la noche, el sonido del río acompaña el tintinear de las copas como una melodía discreta. Un lujo sereno, de esos que no buscan impresionar, solo quedarse en la memoria.
🥂 Terasa U Zlaté Studně – Castillo de Praga Con tres soles Michelin y una de las vistas más impresionantes del país, este restaurante es pura poesía.La cocina del chef Pavel Sapík combina técnica francesa con ingredientes locales.Puedes disfrutar de un etraordinario menú degustación o carta.
🍴 Field Restaurant – Staré Město Una estrella Michelin.Platos creativos con estética minimalista y sabores profundos. Ideal para una cena íntima donde cada plato es una obra de arte contemporánea.
☕ Café Savoy – Malá Strana Un clásico praguense que mezcla la elegancia vienesa con el alma checa.Su desayuno es casi legendario: croissants perfectos, mantequilla casera y café con aroma a tradición.
🍰 Café Louvre- Nové Město Un clásico de Praga desde 1902, famoso por su ambiente elegante y su historia literaria. Con salones luminosos, mesas de mármol y una carta de pasteles y platos checos, es el lugar perfecto para disfrutar de un café, leer o simplemente empaparse del espíritu bohemio de la ciudad.
🏨 Dónde alojarse en Praga
Praga ofrece hoteles capaces de convertir una estancia en experiencia. Si algo aprendí en mis viajes, es que aquí el lujo no se mide por ostentación, sino por atmósfera — esos lugares donde cada detalle respira historia y elegancia.
✨ Hotel U Prince – Staré Město Situado frente al Reloj Astronómico, es probablemente el más icónico de la ciudad. Su azotea — el famoso Terraza U Prince Bar— ofrece las mejores vistas del casco antiguo. Ideal para quienes aman la mezcla entre historia, romanticismo y un servicio impecable.
✨ Aria Hotel Prague – Malá Strana Un refugio para melómanos y amantes del arte. Cada habitación está inspirada en un compositor distinto, y el jardín barroco privado —con acceso directo al Vrtba Garden— es una joya oculta. La elegancia serena de su decoración lo convierte en uno de los favoritos de la prensa internacional.
✨ Augustine, a Luxury Collection Hotel – Malá Strana Antiguo monasterio convertido en hotel de lujo. Sus claustros restaurados, la biblioteca con bóvedas de piedra y su spa inspirado en recetas de los monjes agustinos lo hacen único. Un lugar ideal para quienes buscan silencio y sofisticación.
✨ The Emblem Hotel – Plaza de la Ciudad Vieja Estilo contemporáneo, rooftop con vistas y uno de los mejores private spas de la ciudad. Perfecto para viajeros modernos que buscan confort y diseño sin renunciar a la ubicación perfecta.
🌙 Resumiendo
Praga es una invitación a perderse y encontrarse entre historia, arte y pequeños placeres. Un fin de semana aquí basta para entender que la belleza no siempre grita: se esconde en una melodía, en el reflejo ámbar de un puente o en el primer sorbo de café al amanecer.
Si buscas un lugar donde cada instante se vuelva recuerdo, donde la nostalgia y la alegría caminen de la mano, regálate unos días en Praga.
Déjate llevar sin prisa, escucha su música, saborea su invierno y permite que la ciudad, con su elegancia serena, te enseñe el arte de viajar despacio.
-Viajes De Ella
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